sábado, 7 de abril de 2018


“PARÍS”, texto original de Rafael Zabaleta. 

“Si en algún sitio tiene la vida sentido es en ella”, París; le dice Zabaleta a Cesáreo Rodríguez-Aguilera en carta de fecha 11 de enero de 1950. 
"El Tren", 1943. 
Seis fueron los viajes que el pintor hizo a “la ciudad de la luz”, París: 

1935En primavera viaja en tren hacia su ansiado destino, París; donde permanecerá durante cuatro semanas estudiando a los maestros de la pintura contemporánea.

1949Esta fue la visita de mayor duración y trascendencia para su vida y obra, una larga estancia en París del 29 de abril al 13 de junio. Conoce a Picasso el 31 de mayo y tiene la dicha de examinar junto al genio, la obra que expondrá en Londres con motivo de su 75 Aniversario. Visita su estudio y le regala un dibujo de “Los Sueños de Quesada”, Picasso le dedica un grabado y un dibujo el 8 de junio. En la ciudad mantiene un intenso contacto con los artistas españoles afincados allí: Oscar Domínguez, Manuel Ángeles Ortiz, Alfonso Fraile y Francisco Peinado entre otros pintores españoles de la llamada «Escuela de París»; así como, con su gran amigo exiliado Juan Arroquia y otros españoles residentes en la ciudad. 

1950Estancia de Zabaleta en París durante el mes de mayo. 

1954Pasa en la ciudad una temporada, entre los meses de mayo y junio. 

1957Viaje y estancia en París, del 15 al 27 de mayo.

1959Del 1 al 15 de noviembre, visita la capital francesa. Este mismo año, del 10 de enero al 10 de febrero, se celebra la exposición "La Gravure Espagnole Contemporaine. Les collections de gravures des édictions de la Rosa Vera", en el Musée Galliera de Paris. Rafael Zabaleta expone una aguatinta titulada "Paisaje", que será el cartel de la exposición. En el catálogo se publican artículos de: Jaume Plá, Robert Mesuret, Pedro Laín Entralgo y Camilo José Cela.
"Catedral de Notre Dame", 19 de mayo de 1949.
“PARIS”, uno de los pocos textos originales que se conservan de Rafael Zabaleta: 

“Las ganas de conocer París me las comunico mi madre mientras me daba el pecho, viendo la “Exposición Internacional” en los grabados de la “Ilustración Española” y “Americana”, y luego las películas de “Gaumont”, “La Esfera”, “La Guerra Europea”, los “Couplets”, las postales que un día vi en los bolsillos de la americana de mi padre; posteriormente, la pintura y literatura que floreció bajo su cielo.

En el camino, la primera sorpresa me la causa Poitiers, con sus castillos de hiedra y pizarra, sus bosques negros, sus ríos parados, con puentes metálicos que cruzan vehículos en dirección al pueblo oscuro aprisionado entre dos colinas de mineral verdoso, y aumenta en Orleans, al contemplar un cielo y nubes de azul incomparable como reflejados en la lente sin límite de un prismático.

Escultura de Mercurio sobre Pegaso, parque de "Las Tullerias", 1950.
La llegada a París es de noche, solo veo los círculos de la luz del gas llenos de promesas, y por la mañana me despierta el ruido nuevo del Boulevard, que la niebla agranda de una manera insospechada. Perdiéndome en su barroquismo, recorro barrios señoriales, dignificados aún más por el prestigio de la luz y visito los cementerios de sus museos, escoltados por bayonetas francesas y soldados de azul con leche de la dulce Francia y asciendo a la telaraña metálica de la Torre Eiffel, que fue el dedo índice del mundo y su ídolo. Creo estar en el campo, ante una montaña, cuando se revuelan las palomas que anidan en las alegorías del “Arco del Triunfo”. El ruido del agua despeñada de la Fuente de San Miguel, le da una fresca alegría a todo el barrio, al amplio espacio de sus parques de árboles venerables o rientes en su fino desnudo y a las cúpulas clásicas de sus monumentos.

"Arco de Ludovico Magno", Puerta de Saint-Denis, 1949.
Otros barrios son de un apiñamiento de cosas que no sé si estuve allí o lo soñé, teniendo de ellos una impresión de fotomontaje; casas que cambian de color, niños que parecen niñas y niñas que saben demasiado -cotktail (sic) del mundo-; interiores donde la miseria se mezcla con algún detalle de lujo absurdo, el confort hace equilibrios, y el arte se defiende con mentiras o cinismos de hombre feo desnudo en un escaparate. Cal de Andalucía, mujeres que no saben negar, todo lo más se encojen de hombros de una manera mimosa de irónica resignación, arlequines de nieve, escaleras y pasillos que producen vértigo, olor de drogas, sirenas de todos los mares luchando contra el tiempo con gracia femenina.

El circo es un aspecto más de la ciudad con su amalgama de razas y lenguas, sus clones de yeso, sus aristócratas arruinadas, metidas a domadoras de sus animales de lujo que comprensivos como animales superiores, siguen obedeciendo los suaves caprichos de sus dueñas, salvándose de la miseria extrema, gracias al refinamiento de su anterior vida. Sus luces de colores, el modo de reír del público, hasta el número español del más puro origen se convierte en españolada y su mujer alegre la misma de los bailes que pintó Renoir.
"Campos Elíseos", 1942.
En Versalles su palacio de bronce duerme entre bosques invernales y la alfombra clásica de sus jardines se pierde en el último horizonte, todo gira alrededor del dormitorio donde un Rey de Francia enseña la liga y se pinta un lunar.

Todas las nuevas impresiones de París no las cambio por aquellas que nacieron en mi hogar de niño mimado cuando lo visitaba partiendo de los grabados, las modas, el sabor de los medicamentos, las personas que yo más admiraba y que sabía lo conocían y otras mil cosas de ese mundo que con los años se va alejando lentamente de la tierra.”


El presente texto de Rafael Zabaleta, será reproducido después de su muerte en: 
- Catálogo de la Exposición “Homenaje a Rafael Zabaleta 1907-1960”, Galería Biosca. Madrid, octubre de 1975, s/p. 
- Catalogo de la Exposición “ZABALETA Homenaje”, Diputación Provincial de Jaén. Coordinador: Gabriel Ureña. Jaén, octubre 1984, pp.- 92-93.


Miguel A. Rodríguez Tirado