lunes, 16 de noviembre de 2020


LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ZABALETA, 1960.

LX ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DEL PINTOR RAFAEL ZABALETA (1907-1960).

 

Concluida la recogida de la aceituna, con un enero de frío intenso y lluvia continua, Rafael Zabaleta se siente encerrado en su casa-estudio de Quesada (C/ Ramón y Cajal, 2), anhela las salidas a la sierra y sus paseos por el campo.

 

Como en años anteriores, en los primeros días de febrero decide viajar a Almería, por lo benigno de su clima. Conforme el tren se acerca a la urbe, mejora su estado de ánimo, despertando en él una alegría olvidada. Era costumbre en su ciclo vital, estos desplazamientos estacionales: en primavera a Granada o Sevilla, en verano a Santander, en otoño a Madrid o Barcelona, y en invierno a Almería.  

 

Al llegar a la ciudad se presenta en casa de sus amigos el pintor y fotógrafo Jesús de Perceval y su esposa Trina de la Cámara, para hospedarse en el “camarote” del estudio de este, en la antigua “Huerta de las Cámaras”, como habitualmente hacía durante sus estancias almerienses. A la llegada, un saludo y una confesión: “Me encontraba mal y me he venido a estar contigo”.       

 

Posiblemente ambos artistas se conocieron en Madrid en el año 1935, coincidiendo de nuevo en Valencia, pues habían sido invitados por el Gobierno de la República a participar en la Exposición de Artes y Técnicas de París de 1937; volviéndose a encontrar en 1940 en el “Caserón de Sacramento” de Madrid, donde vivía el crítico de arte Eugenio d’Ors, un espacio de tertulias, exposiciones y centro neurálgico de la “Academia Breve de Crítica de Arte”, promotora de los “Salones de los Once” y sus “Exposiciones Antológicas”.   

 

Zabaleta disfruta de la ciudad, visita los cafés almerienses “Colón” y “El Español”, se relaciona con un amplio grupo de amigos, artistas e intelectuales locales, manteniendo frecuentes contactos con la nutrida colonia quesadeña residente. El pintor se ve atraído por el ambiente y dinamismo cultural de Almería, comparte sus experiencias e iniciativas con los artístas “Indalianos” y los integrantes del grupo de fotógrafos “AFAL”; disfrutando también, debido a otras razones de índole afectiva, de la compañía de su amiga Marichu Moro Puig. 

      


El 11 de febrero, es invitado a comer en casa de unos paisanos, la familia Ortiz, de la que saldrá apresurado pues había quedado a las cuatro de la tarde con Perceval, para tomar café. Ya en el estudio de su anfitrión, y en lo más animado de la tertulia, comienza a sentirse mal, cambia de color su cara y se desvanece. Trina llama a un amigo de la familia, el doctor José Arigo Jiménez, psiquiatra y director del Manicomio Provincial, que le prescribe unas pastillas e inyecciones, así como, reposo absoluto. El diagnóstico era claro, había sufrido un infarto de miocardio.

 

La familia Perceval, junto a su sobrino Juan de la Cruz Navarro (veterinario) que fue quien le puso las inyecciones, y Joaquín García Ramos (perito agrónomo) otro gran amigo, pasaron la noche en vela cuidando del pintor.  

 

Trascurren lentamente sus días de convalecencia en la casa-estudio del pintor almeriense, rodeado de pinos, palmeras y pájaros, siendo atendido por los discípulos de este, especialmente por Francisco García Giménez “Pituco”, que le hacía las compras y le daba conversación. 

 

Perceval compartía con él su día a día, lo animaba y le gastaba alguna broma: “Si el maestro Eugenio d’Ors viviera y le contara que te había curado el director del Manicomio, junto a un veterinario asistido por un perito agrícola, se confirmaría la teoría de tu campesinismo zoomórfico”.

 

El día 1 de marzo, recuperado en parte, vuelve a Quesada. Se traslada por ferrocarril hasta la “estación de los Propios”, donde lo recoge un taxi a las cuatro de la tarde, llegando una hora después a su casa natal. El alcalde del pueblo por aquel entonces, Antonio Navarrete, nos lo describe “Venía demacrado, con la mirada ausente y apagada, ligeramente encorvado y lento”, debido a su estado y al agotador viaje.  

 

Al tercer día de su estancia en Quesada, le baja la tensión y pierde el apetito, siendo asistido por los médicos y amigos del pueblo. Debido a ello, telefonea al doctor Tomás Fernández Almela de Jaén explicándole su situación, este le prescribe 20 días de reposo absoluto. 

 

El 30 de marzo escribe a su amigo Cesáreo Rodríguez-Aguilera, “Recibí tus cartas, y hoy al terminar mi reposo te contesto. La enfermedad empezó en Almería el 11 de febrero, y a estas alturas me encuentro casi recuperado”. Al día siguiente, más optimista, le comunica que dentro de unos días visitará a un especialista en Jaén, y que espera ir a Madrid en Semana Santa.



A comienzos del mes de abril, aún convaleciente de su enfermedad, retoma sus compromisos expositivos. Luís González Robles, responsable del Pabellón Español de la XXX Bienal de Venecia le había convencido meses atrás para que participase en esta Exposición Internacional de Arte, a celebrarse del 18 de junio al 30 de septiembre. Muestra en la que participó con anterioridad, en tres ocasiones: la XXV de 1950, la XXVI de 1952 y la XXVIII de 1956. 

 

Zabaleta había vuelto de su último viaje a París, del 1 al 15 de noviembre de 1959 “triste y descorazonado”,tras visitar las galerías "inundadas de informalistas, de tachistas y expresionistas abstractos” a los que loaban sus creaciones, la crítica y los marchantes. Desconsolado comenta: "Si eso es lo que va a dominar (...) ¿para que pintar ya? No hay nada que hacer. Yo me creía moderno hace unos años y me combatían por serlo, y ahora aquí los jóvenes de hoy se burlan de los que pintamos hombres y cosas ...”.

 

Desde hacía un año y medio se encontraba preparando su participación en la Bienal de Venecia, en la que presentará dieciséis óleos y diez dibujos a tinta china de gran formato. El pintor, desde su cama, llama a su amigo Miguel Alcalá, que le hacía de mecanógrafo, para dictarle la relación de obras que pretende enviar a la muestra, y así poder enviársela cuanto antes al comisario Juan Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya.

 

Zabaleta escribe en reiteradas ocasiones a la “Casa Macarrón” de Madrid, rogándoles fotografíen y enmarquen las obras que les ha remitido. Así mismo, le envía a Cesáreo Rodríguez-Aguilera dos óleos, pidiéndole que les coloque bastidores, enmarque y entregue en Barcelona con la intención de ser expuestos en el “IV Salón de Mayo”. Al solicitarle el crítico de arte algunas otras obras que se presentarían en la inauguración del Museo de Arte Contemporáneo de la Cúpula del Coliseum, opta por no participar en dicho “Salón de Mayo” y exponer los dos óleos en la inauguración del nuevo Museo catalán.

 

A finales del mes de abril, pasada la Semana Santa (del 8 al 17 de abril) les confiesa a sus amigos Cesáreo y Jesús de Perceval que se encuentra muy mejorado, si bien aún en régimen de semireposo, deseando salir a la calle en los próximos días; con el deseo de esperar la “Traída de la Virgen de Tíscar” (primer domingo de mayo) a Quesada, y posteriormente visitar a “un buen especialista” en Madrid.  

 

El 3 de mayo se traslada a la capital en compañía de su paisano Dámaso Rico, que había llegado a Quesada la semana anterior. En Madrid, será ingresado en una clínica por su amigo, el coleccionista de arte y cirujano Plácido González Duarte, para así poder controlar mejor la evolución del paciente, médico que le había operado su mano derecha tiempo atrás, debido a un accidente de moto. Pasadas unas semanas, a sabiendas que el doctor correrá con los elevados gastos de la clínica y, por otra parte, la frialdad y soledad del ambiente de aquella, le impulsan a abandonarla y hospedarse en el Hotel Dardé, residencia habitual en sus visitas a la ciudad. Un amigo de la tertulia del Café Gijón lo encontrará en la parada de un tranvía con su maleta, camino del hotel, con un aspecto bastante desmejorado. 


 

Mientras tanto, en Quesada las obras del museo-biblioteca, proyecto promovido por Cesáreo Rodríguez-Aguilera y Rafael Zabaleta, avanzan a buen ritmo, siendo supervisadas a mediados del mes de mayo por el gobernador civil, Felipe Arche Hermosa, que también visitará junto al alcalde el estudio del pintor. 

 

Echando de menos su casa y sus pinceles, decide abandonar Madrid, se despide del doctor Duarte agradeciéndole su atención y desvelos por él. Este le aconseja que no viaje a la Bienal de Venecia.

 

En la noche del 15 de junio llega a Quesada, extenuado y debilitado, después de un largo día y un tortuoso viaje: en tren hasta la estación de Linares-Baeza, desde allí en tranvía hasta Úbeda y desde esta en un viejo y destartalado autobús al pueblo. Los especialistas de la clínica le habían confirmado el infarto de miocardio, prescribiéndole un llevadero régimen alimenticio, reposo, un anticoagulante entre otras medicinas y periódicos análisis de control.


Al día siguiente, visita las obras del museo-biblioteca junto al alcalde; la planta baja del edificio ya estaba delimitada, así como, el hueco de las escaleras, pero el artista no alcanzaba a entender su distribución espacial, debido al cansancio o por no conocer el plano del proyecto. Su cara delataba la gravedad de su estado, escondía la tristeza de su mirada tras unas gafas de sol que empezó a utilizar durante todas las horas del día.

 

Se inaugura la XXX Bienal Internacional de Arte de Venecia el 18 de junio, Zabaleta se encuentra en su pueblo, siguiendo la recomendación del doctor Duarte.

 

El pintor confiesa a Cesàreo Rodríguez-Aguilera el 19 de junio: Tengo el catálogo de la Bienal, y el texto de González Robles no me gusta su intención. Me parece que es muy floja esta exposición, pero en fin, el mundo esta así, y tenemos que resignarnos.

 

El catálogo de la XXX Bienal es bastante pobre en cuanto a formato, diseño y textos. En sus páginas interiores, aparte de la relación de obras de Zabaleta, se reproduce su óleo “Viejo y vieja” (100x81) en blanco y negro. 

 

Aunque gozó de un amplio espacio expositivo y una posición relevante su obra, no fue el único pintor figurativo que expuso en el Pabellón Español, como le habían prometido. Tampoco le agradó la numerosa y heterogénea relación de artistas que le acompañaron en la exposición, 25 pintores y un escultores. El comisario no había cumplido con sus promesas, se sentía ninguneado y decepcionado.

 

A las ocho de la mañana del 22 de junio, se traslada a Jaén con Antonio Rodríguez-Aguilera para una consulta en Hacienda (le avisan de que ha de hacer la declaración del impuesto de la sobre la renta), visitar al médico que le controla su medicación y cobrar el óleo “Los cuervos”, que había vendido por 50.000 pts. al alcalde de Madrid, que lo regalaría al alcalde de Lisboa. La mañana es muy calurosa en la ciudad, llegando a superarse los cuarenta grados; al encontrarse al mediodía con sus amigos Ángel Segura y Bienvenido Bayona, que volvían a Quesada, dejará para otro día la visita de control médico y el cobro del cuadro, después de haber visitado Hacienda.

 

A su regreso, comienza a orinar sangre, como así lo confirmaron Juana Teruel y María Navarrete (sus asistentas), por lo que decidió sin consultar al médico, incrementar su medicación, hecho que le provocó una hemorragia cerebral. En la madrugada del 24 de junio, entrará en coma profundo de carácter irreversible, no sirviendo de nada los sueros, oxígeno, y antihemorrágicos que se le dispensaron. A última hora de la mañana, el cura-párroco Manuel Alejo Vallejo le da la extremaunción y llama a las dos mujeres que lo atendían, escuchando entre balbuceos vocalizar al enfermo: “recortes”. A las cuatro y media de la tarde del viernes 24 de junio, día de San Juan, fallece el pintor en su cama y casa natal, debido a un fallo cardiaco. 



El doctor Duarte, que había seguido el proceso final de su enfermedad, explicó con todo detalle la causa concreta del óbito. Según el informe facultativo: “el tratamiento estaba basado en el uso de anticoagulantes, utilizando a tal fin la Dicumarina (anticoagulante oral, similar al Sintrón), pero había que seguir un control analítico por los efectos derivados, que él omitió, y al incrementarse la dosis le dominó la hemorragia”.

 

Su fallecimiento es certificado por el médico titular Juan Antonio González Martínez, siendo el juez de Quesada, Bienvenido Bayona Fernández y alcalde, Antonio Navarrete Magaña. Este último, no se encontraba en el pueblo en el momento de la defunción: “Yo estaba en Jaén en los Juegos Florales del Magisterio Español. Me enteré de madrugada, …”.

 

Cuando al día siguiente Juana Teruel “la de Zabaleta”, que seguía llorando la muerte de “su señorito”, fue a entrar a la casa, se encontró la puerta cerrada y unos papeles pegados en ella. Los vecinos le dijeron que no podía acceder a ella, pues según decían la “había precintado el Juez”; claro, no sabía que quería decir aquello, pero si entendió que no podía entrar y debía irse. Juana había llegado a la casa para ser niñera de “Rafaelito” y no salió de ella hasta su muerte. 

 

A raíz del imprevisto fallecimiento del pintor, el juez de Primera Instancia de Cazorla, Miguel Ángel García García, nombra administrador judicial de los bienes de Zabaleta a Antonio Navarrete. Así actuará durante cinco meses, como depositario legal de toda la obra que Zabaleta tenía en su casa, además de sus bienes inmuebles y efectos domésticos y personales. Después de no pocas gestiones, contactará con los primos hermanos y familiares del pintor, que al poco tiempo llegan al pueblo.

 

El Pleno del Ayuntamiento local declara un día de luto, instalando la Capilla ardiente en el Salón de Plenos de este. El sepelio se celebró a última hora de la tarde en la iglesia de S. Pedro y S. Pablo de la localidad, siendo presidido el acto por el gobernador civil de la provincia Felipe Arche Hermosa, contando con la asistencia de un elenco de altos cargos y representantes de diferentes instituciones provinciales, entre ellas del Instituto de Estudios Giennenses (al que pertenecía el pintor como académico de número), junto a la Corporación Municipal y el pueblo en masa, que acompañaron los restos mortales del pintor hasta su última morada en el cementerio de la localidad.  

 

Debido al inesperado fallecimiento de Rafael Zabaleta, ya hijo predilecto de Quesada (1 de abril de 1951), consagrado como artista a nivel nacional y reconocido internacionalmente, se le presenta un dilema a la corporación municipal, y en especial a su alcalde: ¿donde enterrarlo?, pues aquel carecía de panteón, sepultura o terreno para su inhumación.

 


Zabaleta fue enterrado en la zona central del cementerio, delante de la capilla de este, un lugar de privilegiado a los pies del cerro de la Magdalena, desde el que se divisa el espectacular frente pétreo del Poyo de Santo Domingo de la sierra de Quesada, decenas de veces inmortalizado por él.

 

La corporación municipal toma la decisión de enterrarlo en un espacio propiedad del Ayuntamiento, donde con anterioridad ya habían sido sepultados tres vecinos, el 3 de agosto de 1939, fallecidos a causa del vuelco del camión en que viajaban. El espacio era amplio y no hubo problema alguno, pero a la hora de colocar la lápida se olvidaron de hacer referencia a aquellos. En el frío granito, bajo una cruz griega de metal, se puede leer “RAFAEL ZABALETA (A - 1907, Ω - 1960)”.

 

El poeta L.F. Vivanco escribirá en su “Diario 1946-1975”: “Esta vez, ha vuelto a Quesada, a su cita con la muerte. Otras veces volvía siempre a su cita con la pintura. … A solas con tu muerte, amigo Rafael, con tu Quesada y tu sierra de Quesada … Ya había dado, yo creo, como pintor, lo mejor de sí. Y no le habían dado todo lo que merecía. Muere acreedor, y no deudor. Es preferible. … 

 

Zabaleta ha tenido su muerte. En su Quesada. En su aislamiento, su sencillez, su vocación de pintor y su casa y hasta su cama de Quesada. En su jardín de Quesada, en sus paisajes o campos y en sus campesinos. … ¡Qué envidiable morir!”.

 

A partir del fallecimiento de Rafael Zabaleta se van a suceder una serie de homenajes y exposiciones póstumas en Barcelona, Madrid, San Sebastián, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Huesca, etc., organizadas por los herederos, amigos, galerías e instituciones, tanto públicas como privadas.

 

 

Miguel A. Rodríguez Tirado


                             

Presidente de la ACARZ